En
un mundo tan interconectado como el actual el idioma universal
parece ser el de las imágenes. Y quienes se expresan
de esa forma, suelen afirmar que una imagen vale más
que mil palabras. Por supuesto que tal conclusión se
relativiza frente a una pieza literaria de alto vuelo. Pero
en el caso de la historia de hoy, se puede decir que lo hecho
por José Christiano de Freitas Henriques Junior tiene
tanto valor como la mejor obra de los buenos escritores.
Había
nacido en 1832 en las Azores, un territorio autónomo
de nueve islas que, en medio del Océano Atlántico,
aún forma parte de Portugal. Sin embargo, a los 23
años, su espíritu de trotamundo ya hizo que
Christiano Junior (como gustaba identificarse artísticamente)
estuviera instalado en Brasil. Para entonces su forma de expresión
era la fotografía. Y después de un breve paso
por Uruguay, desde 1867 la Argentina sería su territorio
de operaciones hasta poco antes de su muerte, ocurrida en
Paraguay en 1902.
En
ese tiempo, el mundo de la fotografía estaba dejando
atrás al daguerrotipo para darle paso a un nuevo sistema
creado en 1851. El método, que se había impuesto
en todo el mundo desde 1855, se denominaba “negativo
al colodión húmedo”. Consistía
en colocar sobre una placas de vidrio una especie de barniz
que después se cubría con nitrato de plata.
El
sistema requería gran velocidad porque había
que preparar la placa en el momento, tomar la imagen y revelarla
en forma inmediata. Eso obligaba a que, para hacerlo, los
fotógrafos tuvieran un laboratorio portátil.
Christiano Junior –igual que otros– usaba como
cuarto oscuro un carro tirado por caballos.
Claro
que no todo era a cielo abierto. Tanto le gustaba Buenos Aires
que el hombre había instalado dos estudios para hacer
su trabajo profesional: uno estaba en Florida 160 (allí
fotografiaba a adultos, entre los que se contaban figuras
como Domingo Faustino Sarmiento, Adolfo Alsina o Luis Sáenz
Peña); el otro, dedicado a la “fotografía
de la infancia”, en la calle Artes (hoy Carlos Pellegrini)
118, local que un incendio destruyó en 1875. En aquel
trabajo lo secundaban sus hijos José Virginio (nacido
en 1851) y Federico Augusto (en 1853).
Pero
Christiano Junior no era de quedarse quieto. También
tenía un proyecto especial: mostrar el país
con imágenes. Y no sólo abarcaba la ciudad y
a la provincia de Buenos Aires; también incluía
la región de Cuyo y el Noroeste. Ese trabajo espectacular,
realizado entre 1867 y 1883, está reflejado en una
investigación que hicieron los especialistas Abel Alexander
y Luis Priamo y que editó la Fundación Antorchas.
También Alexander investigó sobre las maravillas
que el portugués hizo como fotógrafo de la Sociedad
Rural Argentina.
Sus
imágenes incluyen animales de la primera exposición,
realizada en abril de 1875 en un predio que ocupaba un cuarto
de manzana en Florida y Paraguay, frente al Mercado del Norte,
algo impensable para esa elegante esquina de hoy.
Con su ojo bien entrenado, Christiano Junior nos dejó
un material invalorable entre el que se debe incluir lo realizado
con la Penitenciaría Nacional, aquella cárcel
modelo para su época (inaugurada en 1877 y demolida
en 1962) que estaba en Coronel Díaz y Las Heras.
Y
también las valiosas imágenes al retratar el
viejo puerto de Buenos Aires (junto al Riachuelo), o a la
antigua Estación del Parque (en los alrededores de
la actual Plaza Lavalle), un sector que se convirtió
en epicentro de una revolución hacia 1890. Pero esa
es otra historia.
Por
Eduardo Parise, Clarín, lunes 11 de julio de 2011 |