| El
Riachuelo es un verdadero cementerío de barcos de todas
las épocas
Veleros,
pontones, lanchas y hasta un barco de guerra que perteneció
al Brasil, han tenido en su lecho el último refugio
Por
Ernesto de la Fuente
"EL
Riachuelo es un verdadero cementerio de barcos de todas las
épocas.
Así
nos decía uno de los viejos habitantes del barrio de
la Boca, navegante de larga actuación y que, más
de una vez, debió afrontar los temporales, no solamente
de nuestro rio, sino de las costas patagónicas.
—
¿De todas las épocas?... — le preguntamos,
con duda.
— Sí, señores. Cuando yo era aún
niño, cerca de la Vuelta de Rocha todavía se
conservaban los restos de grandes veleros cuya existencia
se remontaba quizás a más de un siglo y que
ya permanecían allí arrumbados, sin dueño
y sin que nadie se interesase por ellos.
— ¿Y cuál fué su fin?
— Lentamente se destruyeron, hasta confundirse con el
fango. Cuando se "hizo el dragado", muchos restos
se retiraron. Entonces fué dado extraer numerosas anclas
de hierro. Algunas de ellas eran antiquísimas y quizás
pertenecieron a barcos que llegaron allí en la época
de la conquista.
Recuerdo
haber visto cañones de bronce y culebrillas totalmente
deterioradas por la acción de los años...
Nosotros
hemos visitado el Riachuelo hace poco tiempo. Creemos que
la mayor parte de los habitantes de Buenos Aires no lo conocen
"íntimamente"... en sus detalles. ¡Hay
tanta cosa interesante en su lecho y en sus márgenes!
Hoy continúa siendo el mismo cementerio de barcos de
hace medio siglo. Posiblemente ha variado la antigüedad
de los buques que en él dieron fin a su carrera, pero
las características son idénticas.
Con
un poquito de espíritu observador se descubren cosas
curiosas. Desde el barco viejo y aparentemente en buen estado
que hoy sirve de habitación a familias o bohemios del
río, como ocurre en las márgenes del Támesis,
por no ser ya útiles a la navegación, hasta
los veleros de cierto porte, que solamente muestran las cuadernas
emergiendo del agua, como inmensos costillares carcomidos
por la influencia del tiempo.
Allí
mismo, casi frente a los astilleros de reparaciones de la
margen sur, existe algo realmente curioso. Son los restos
de un destróyer que perteneció a la armada de
guerra del Brasil.
Él
"Atalaya", que después de haber participado
en algunos movimientos armados, llegó hasta nuestras
aguas; en busca de refugio. No se sabe si su antigüedad,
desperfectos importantes u otras razones influyeron para que
se lo abandonara. Está casi perdido
en las malezas de la orilla, y por varios "rumbos"
entra agua en su casco.
Es
tan sólo un largo casco de hierro enrojecido que se
ha encargado de desmantelar todo aquel que creyó ver
utilidad en alguna de sus partes.
Aquí,
allá, en todos los lugares emergen trozos de cascos
viejos.
Los
hay de todas las calidades y destinos dentro de los usos marinos.
En
muchos de ellos, los chiquilines de la ribera encuentran refugio
para realizar sus juegos, sus travesuras o sus primeras experiencias
en materia de navegación...
Y
un poco más lejos, en la vuelta de Rocha, se nos presenta
un espectáculo poco común. El remate de barcos.
En las bordas, ellos ostentan grandes letreros colorados.
"Se remata. Sin base, por el martillero X... X... "
Y,
como si se tratara ni más ni menos que de vulgares
casitas de barrio, no faltan otros cartelones más o
menos llamativos que rezan: "Se vende"... o "Se
alquila", como la cosa más natural del mundo.
Demás está decir que esos buques, cuando llegan
a ese trance de "liquidación forzosa", es
porque, generalmente, están llamados a formar parte
de la gran lista de embarcaciones que tuvieron su fin en las
riberas del Riachuelo porteño.
No
hace mucho tiempo asistimos al remate de uno de esos barcos.
Tenía un porte de trescientas toneladas, amplia cubierta,
dos altos mástiles y, aparentemente, sus bodegas, cabinas,
etc., se encontraban en perfecto estado. Su largo o eslora
era, aproximadamente, de cincuenta y cinco metros, y de diez
su manga, o sea el ancho, en la
parte más amplia. Aquel buque, que en madera no más
tenia casi una fortuna, se "quemó" por la
cantidad de 2.000 pesos... Y el que escribe estas líneas,
(que no lo adquirió por no haber llegado a tiempo),
pensó en el encanto del aquel barco, fondeado en alguna
orilla de los riachos del Delta, metamorfoseado en casita
flotante, con amplias toldillas, macetones de flores y todos
aquellos detalles que pueden hacer grata la vida.
El
Riachuelo de Buenos Aires, en cada uno de sus rincones, tiene
algún detalle curioso, un punto interesante. Hay quien
ha hecho suyo más de un barco abandonado, lo ha arrastrado
hasta la orilla y, con restos de otras embarcaciones, lo ha
restaurado, convirtiéndose en "patrón"
de la noche a la mahana.
Todos
los porteños, aprovechando las tardes de los días
de asueto, deberían de efectuar una gira a lo largo
de esa ribera cosmopolita y heterogénea, en la seguridad
de que descubrirían cosas exclusivas de esa parte de
la gran urbe criolla"
Revista
Caras y Caretas del 17 de septiembre de 1932 |