Pagina
de la revista Caras y Caretas del 4 de agosto de 1900
Al
evocar los grandes funerales publicos de la primera mitad
del siglo XX, nuestra memoria acude principalmente a los
de Carlos Garcel, Hipolito Yrigoyen o el de Eva Peron, entre
otros.
Sin
embargo, mucho antes, exactamente en agosto de 1900, el
pais se conmovio y, literalmente, se cubrio de luto al conocerse
el asesinato del rey HUmberto I ocurrido en Monza el 29
de julio de 1900.
Sin
embargo, este acontecimiento publico es practicamente ignorado
en la historia argentina, quizas, debido a su lejania temporal
como por constituir un homenaje conferido a un monarca extranjero.
Pero
solo a medida que avancemos conociendo esta historia, tendremos
cabal conciencia de su magnitud, de su boato, pomposidad
y suntuosidad.
Tanto
Buenos Aires, como en el mas recondito pueblito del pais,
donde existiera un italiano o su descendiente se desplego
una extraordinaria actividad destinada a rendir honores
a la memoria del difunto monarca.
La
Catedral de Buenos Aires, con su columnata cubierta de paños
negros y pesados cortinados, los innumerables catafalcos,
altares, monumentos, ofrendas florales y bustos instalados
en cada iglesia; las carrozas arrastradas por caballos negros
de negras gualdrapas conducidos por palafreneros de librea
y pelucas empolvadas; gigantescas movilizaciones de personas
portando enormes pancartas; cuadros, pinturas y esculturas;
cientos de ofrendas florales de mil naturaleza diferentes;
infinitas misas e infinitas demostraciones de luto y dolor
se desplegaron en una Argentina en un acontecimiento que
sorprendio a la misma revista Caras y Caretas, tal cual
lo hizo notar.
Y
es que no debiera sorprendernos, pues todo italiano, y el
que practicamente todo argentino lleva adentro, sintio afliccion
por la violencia y acaso estas manifestaciones (que hoy
nos resultan algo singulares), hayan estado dirigidas mas
que a honrar a un monarca difunto, a expresar su rechazo
a la intolerancia y al caos; a la anarquia y el fanatismo.
Habiendo
llegado a estas generosas y abiertas playas huyendo de todo
aquello, unianse todos, repetimos, por un motivo que trascendia
honrar a un monarca extranjero, cual era exhibir su voluntad
de vivir en paz forjando un pais joven del que disfrutarian
sus descendientes.