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| En
1891, el escultor francés J e a n - Alexandre Falguière
p resentó en el tradicional Salon des Beaux-Arts de
París una estatua marmórea de Diana, la mitológica
y casta diosa de los bosques, que había concluido de
tallar unos meses antes, hacia fines del año anterior.
Sobre
la obra confluyeron de inmediato las miradas de los concurrentes,
ya que se la había emplazado en un lugar preeminente
del pabellón de exposiciones, como reconocimiento a
sus muy especiales méritos y al prestigio de su autor.
Por
entonces, Falguière (Toulouse 1831 – París
1900) era ya un artista consagrado. Había ganado las
máximas distinciones en el Salon parisino y gozaba
de la aprobación del público, los críticos
y las autoridades culturales. Tal como les había ocurrido
a numerosos artistas a través de los siglos, la figura
de Diana pareció ejercer sobre él una especial
fascinación. La primera vez que modeló el cuerpo
de la diosa fue en 1882, cuando envió al Salon una
pieza de arrogante belleza.
Algunos
modelos en yeso que se conservaron en su estudio confirman
que el tema le siguió
atrayendo a lo largo de toda su carrera, pero solo uno de
esos proyectos llegó a concretarse, y el resultado
fue, precisamente, la obra que, hors concours, mostró
en el Salon de 1891. La nueva Diana resultó muy diferente
de su predecesora, que había sido criticada por su
cuerpo excesivamente vigoroso y su aspecto poco clásico.
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La
estatua de la Diana en su emplazamiento original en la Sede
Social de la calle Florida. |
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| Ante
todo, la figura de la segunda versión mostró
un modelado mucho más grácil y una cierta
turbulencia totalmente novedosa. Con el cabello al viento,
el cuerpo elástico y en dinámica torsión,
avanzando con impulso incontenible hacia delante y hacia
lo alto, esta Diana parecía querer elevarse hacia
el cielo para regresar así a su morada celestial.
Pero
a pesar de los rasgos que distinguieron a esta pieza de
la anterior, algo había en común entre ambas,
y eso lo supo expresar muy bien el crítico Alfred
de Lostalot, al decir que los títulos y atributos
clásicos de las esculturas de Falguière no
eran más que cuestiones superficiales, y que en realidad
sus obras eran retratos realistas.
Léon
Bénédite también se manifestó
en términos similares, advirtiendo que a Falguière
la mitología parecía interesarle menos que
la posibilidad de expresar un ideal de formas
en movimiento, para así exaltar la belleza femenina.
En
efecto, sus Dianas resultaron ser más terrenales
que olímpicas; los rasgos, los cuerpos, que delatan
el uso habitual de corsés –también ellos
modeladores de las formas, por cierto–, incluso los
peinados, eran los propios de las mujeres de fines del siglo
XIX, y en ellos se transparentaban claramente las fisonomías
de las modelos que habían posado para el artista.
En el Salo n, la nueva Diana causó sensación.
El
crítico Albert Wolff, escribiendo para el Figaro-Salon,
no dudó en calificarla como una invención
deliciosa, uno de esos desnudos en los que el artista, como
ya era habitual, había conseguido hacer palpitar
el mármol con una soltura difícilmente superable.
Esas características hacían que su escultura
se erigiera en «le morceau capital du Salon»
Entre
los visitantes que frecuentaron aquella exposición
se hallaba un distinguido caballero argentino: el Dr. Sylla
Monsegur.
A él también lo deslumbró la obra de
Falguière, y conociendo bien la pasión que
por el arte sentía su compatriota Aristóbulo
del Valle, decidió adquirir la obra para obsequiársela
a su muy apreciado amigo. |
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| No
sin estremecernos podemos imaginar en el majestuoso silencio
del Jockey el resplandor rojizo opacando la serena luz de
la luna a traves del vitraux y el tintineo de los caireles
de sus arañas... el fuego lamiendo cortinados y tapices;
estatuas y bustos derribados; vajilla y copas de cristal estallando
en mil pedazos y aquel vitraux desplomandose sobre el hall
y la Diana, impotente, con su ineficaz arco, contemplar su
templo desmoronandose hasta ser ella misma, arrojada por las
escalinatas... |
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| No
pocas fueron las quejas que se alzaron por dejar partir hacia
Sudamérica una pieza de arte que, por aquellos días,
se consideraba ejemplar, y solo logró acallarlas el
propio escultor, que prometió ejecutar las réplicas
que fueran necesarias para dejar a salvo el honor artístico
francés (1).
Fue
así que Diane, alabada y cargada de prestigio , viajó
a través del proceloso Atlántico convenientemente
embalada y llegó por fin a Buenos Aires, yendo a dar
al elegante
petit-hôtel de del Valle, en la Avenida Alvear entre
Callao y Rodríguez Peña.
Desde
ese momento concitó toda la atención de su propietario
y de quienes se allegaban a la casa para escuchar sus disertaciones
sobre la pureza del desnudo en el arte, asunto sobre el que
volvió a tratar cuando colocó la estatua recién
llegada en el centro del gran hall de su casa
particular, rodeada por sus cuadros y sus preciados objetos
decorativos.
Del Valle falleció el 29 de enero de 1896. Con el tiempo,
casi todos las piezas de su nutrida colección artística
se incorporarían al patrimonio del Museo Nacional de
Bellas Artes, pero la suerte de la Diana –ya es tiempo
de que traduzcamos su nombre, puesto que se había aclimatado
bien al ambiente porteño– sería muy otra.
Por aquellos años, Carlos Pellegrini se esforzaba en
llevar a feliz término las obras de la sede social
que para el Jockey Club se construía en la calle Florida.
Cuando
los arduos trabajos estaban próximos a finalizar, resolvió
visitar a doña Julia Tejedor, la viuda de del Valle,
con el propósito de adquirir la escultura, que ya era
famosa en la ciudad. La operación resultó exitosa,
abonándose 30.000 francos por la pieza que, de inmediato,
fue trasladada a la sede del Club. Contra la opinión
de algunos socios, proclives a ubicarla en el salón
principal del primer piso, Pellegrini decidió por su
cuenta y riesgo que se la instalara en el descanso de la escalera,
de frente al gran vestíbulo de recepción, mirando
hacia la puerta de ingreso.
Así
se lo comunicó a Cané en una carta que le dirigió
el 15 de mayo de 1897: «Es la diosa del Sport, estará
allí en su lugar y dará a toda esa entrada un
cachet artístico que hará gran efecto».
Y tuvo razón Pellegrini, porque la noche del baile
inaugural, la escultura, así emplazada, sorprendió
a la multitudinaria concurrencia. |
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| Dos
futuros reyes de Gran Bretaña en el Jockey: El principe
de Gales y su hermano, el principe Jorge Eduardo.
"Los miembros de la Comisión Directiva rodeando
a SS. AA. RR. después de la comida imtima que les
ofrecieron.". Acaso la Diana de Falguiere haya conmovido
algo de su flema britanica, acaso, solo para recordarle
a su plebeya Wallis Simpson, por cuya razon, el 11 de diciembre
de 1936 renunciaria al trono de Inglaterra, sucediendole
su acompañante en el Jockey, su hermano Jorge, Jorge
VI del Reino Unido.
Imagen de Caras y Caretas del 14 de marzo de 1931 |
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| El
cronista del diario La Nación del 1º de octubre
de 1897 consiguió describir muy bien la impresión
que le había causado «la regia escalera por
donde la vista asciende, como imantada, por la gracia perfecta
de una estatua blanca y serena como una aparición
de ensueño: la Diana de Falguière, que ilumina
con luz de arte la suntuosa galería, a la que convergen
todas las miradas, atraídas por el embeleso que inspiran
sus formas ideales». En ese lugar de privilegio quedó
instalada la escultura de Falguière.
A través de los años, presenció el
cotidiano ingreso de los socios del Club y fue admirada
por los visitantes ilustres que eran llevados a conocer
la sede del Jockey, por entonces uno de los edificios más
importantes de la ciudad. Muchos fueron, con el tiempo,
quienes ascendieron por la espectacular escalera y pasaron
a su lado.
La
contemplaron príncipes y presidentes; la Infanta
que enamoró a Buenos Aires durante las fiestas del
Centenario; el Príncipe de Gales –el futuro
y efímero Eduardo VIII de Inglaterra–; duques,
almirantes, embajadores monárquicos y republicanos,
intelectuales argentinos y extranjeros, y a todos cautivó
con su gesto casi alado.
El
deslumbrante efecto que causaba, envuelta por la luz cenital
que caía sobre ella a través de los vitraux
d ’art del techo, fue sin duda un motivo más
que suficiente para que la turbamulta que asaltó
la sede del Club el 15 de abril de 1953 se ensañara
cruelmente con su delicado cuerpo marmóreo.
Arrojada
por la escalera, en su caída fue perdiendo sus brazos
y el arco que apuntaba hacia el cielo, dejando también
en el camino parte de su cabellera, para terminar dispersándose
en fragmentos sobre el frío piso de granito del vestíbulo.
A su a l rededor vio crecer las llamas que injuriaban los
muros, consumían los cuadros de firmas célebres
y destruían los tapices y los biombos irremplazables.
Su
mundo se consumía y nada podía hacer, ya sin
arco y sin flechas con que enfrentar a los
intrusos. Al día siguiente se recogieron algunos
de sus restos, pero poco después se abatió
sobre ella, como sobre toda la casa, un silencio abrumador. |
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| El
magnifico cielorraso de uno de los salones |
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Así
pasaron más de cinco años.
Recién
se la volvió a ver el 1º de octubre de 1958, cuando
el Jockey Club reabrió sus puertas en su sede provisoria
de Cerrito 1353. Había sido devuelta destrozada, mas
una acertada restauración dirigida por el Arq. Alejandro
Bustillo le permitió recuperar en algo su antiguo esplendor.
Allí
se la mantuvo, en el salón de recepciones del primer
piso, hasta que diez años más tarde se la trasladó
a la residencia que el Club adquirió en la Avenida
Alvear, para que, vigilante sobre su pedestal, repitiera,
una y otra vez, el tradicional rito de recibir a los socios
y a sus invitados.
Quiso
su hado que, después de una vida llena de avatares,
volviera a la avenida en la que había habitado al arribar
a Buenos Aires, y que además pudiera reposar de sus
fatigas muy cerca del monumento que recuerda a Carlos Pellegrini,
que fue su apasionado admirador.
Por
Roberto D. Müller, revista del Jockey Club, noviembre
de 2006
(1)
1 Hace unos años, una de esas réplicas había
sido ubicada
en uno de los fríos y desiertos corredores del castillo
de
Chambord. La existencia de una serie de réplicas nos
fue
confirmada por Laurent Falguière, bisnieto del artista,
quien visitó el Jockey Club en mayo de 2005. |
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