Gardel,
arquetipo burrero
por Romeo Otero Bosque
No
es ni el momento ni el lugar para desmenuzar la historia
personal de Carlos Gardel, pero si se trata de abordar su
condición de aficionado a las carreras de caballos.
O más que aficionado, apasionado, o -para usar una
palabra de estos tiempos-, fundamentalista de las carreras.
Para
entender esa afición tan fuerte hay que tener en
cuenta algunos datos que definen su tiempo. En las últimas
décadas del siglo XIX y en las primeras del XX, tiempo
real en el que se forma la personalidad de Gardel, las carreras
de caballos eran la gran pasión de la sociedad viril
rioplatense. Era el único acontecimiento deportivo
de masas de la época, la alternativa sistemática
semanal de diversión y juego.
El
poeta José Sebastian Tallon, en su ensayo “El
Tango en su época de Música Prohibida”
hace un estudio sociológico del tiempo inicial de
Gardel, y sostiene que en aquella época la afición
por el tango como el apasionamiento por las carreras daban
hombre un tono a su personalidad, en el modo de ser, de
pensar, de sentir, de comprender la vida: significaba, simplemente,
ser un hombre de Buenos Aires. “Era el modo revolucionario
que tenían los jóvenes del tiempo de sentirse
porteños hasta las raíces de su ser.”
En
su oscura adolescencia, a caballo en el cambio de siglo,
según las crónicas, Gardel es aprendiz de
diversos oficios, luego tramoyista en el teatro y miembro
de la claque de varias salas. Sin entrar a analizar el origen
de Gardel, es decir su nacimiento, se sabe que de muy joven
anduvo entreverado en el ambiente callejero, payadores,
cantores, personajes nocturnos en el famoso café
O’Rondeman, de los hermanos Traverso, gente toda de
reconocida afición burrera, que por otra parte, a
partir del 1880 era muy extendida. De 1903 data una foto
poco difundida, en la que Gardel, mocito, aparece junto
a Betinotti, cantando para la oficialidad en Campo de Mayo.
Esa gente trasnochadora, seguramente se levantaba temprano
un solo día a la semana: el domingo, para prepararse
para ir a las carreras.
No
debe haber perdido esa afición –todo lo contrario-
en su escapada a Montevideo, donde vivió, según
Berta Gardes, su madre, entre 1905 y 1910.
En
1910 ya se ha largado a cantar y sus primeros compañeros
de andanzas, son Francisco Martino y José Razzano,
con quienes comparte a esa altura, la ya fuerte afición
por las carreras, al punto de que este último es
su socio en el stud Las Guitarritas, y Martino es el autor
de dos joyitas del repertorio de Gardel, La catedrática
y Soy una fiera, que revelan ambas un sólido conocimiento
de las carreras y del mundillo burrero.
Hay
que saltar a 1915, para encontrar a Carlos Gardel, -ya mas
afirmado como cantor y mas metido en la noche porteña,
aunque lejos todavía de la fama-, en un episodio
turfístico neto. Lo evocó Jose Razzano, lo
contó Garcia Jiménez, y lo “noveló”
el periodista Julio César Belllas, en las páginas
del semanario MARTES en una versión libre, pero con
visos de realidad.
Según
referencias de los cronistas gardelianos, allá por
mayo de 1915, don Angel Rabuffetti -propietario del stud
Los Rosales- le pidio a un amigo suyo que alternaba en la
farándula del teatro y el varieté, que invitara
Gardel, para que asistiera y animara con sus canciones criollas
una cena-banquete, a tener lugar en su propio stud. Los
pupilos de don Angel eran atendidos por el cotizado trainer
Vicente "Tapón" Fernández quien
unos años después (1922) atendería
los potrillos pertenecientes a Julio De Caro.
La
cosa fué de campanillas, Gardel concurrio con José
Razzano y al fin de la farra -ya casi amaneciendo- don Angel
cerró la muy feliz velada con un discurso, como acostumbraba
a hacerlo, desplegando su generosidad proverbial, para con
quienes le seguían incondicionalmente:
-Ya
me han informado que el Sr. Gardel no aceptará paga
por esta magnífica actuación que nos ha regalado
en colaboración con su socio y compañero Razzano.
Pero entiendo que toda retribución es válida
y mucho más si tiene que ver con el turf al que ellos
son tan aficionados como nosotros. El buen momento que ellos
nos han brindado, merece un premio y el domingo voy a jugar
100 ganadores en su provecho, a una fija imperdible que
tengo. Por lo tanto los veré en Palermo, y juntos
festejaremos la victoria..."
Rapido,
con su chispa habitual, saltó Carlos:
-¿Y
porque no nos pasa el dato para jugar nosotros mismos y
evitarle a Ud. un desembolso innecesario?" a lo cual
replicó el dispendioso patrón:
"-Ah
no, eso si que no. No sabrán de la fija hasta estar
junto a mi en el momento de la carrera, y los 100 ganadores
son la justa retribución a vuestra gentileza de compartir
conmigo esta noche.
Y
así amaneció aquel domingo 25 de mayo del
15, tras una espera que a ambos les pareció infinita.
Razzano advertía a su socio:
-Debemos
ir temprano, no sea que la fija esté en la primer
carrera. Dicen que este don Angel es muy tigre para correrse
rumbeadas, juega en pocas carreras y casi siempre acierta.
Es mejor que a la hora de abrir estemos en la Oficial .
La
advertencia era innecesaria porque era costumbre del Mago
llegar antes de la primera. Al correrse la 1a., ya el dúo
hacía punta como laderos ambos de Rabuffetti, sin
perderle pisada. Este se complacía en tenerlos sobre
ascuas, y sonreía seguro del éxito que era
el verdadero imán que atraía a los cantores
hacia su figura. Pasó la 2a. la 3a. y la 4a. Don
Angel les invitó a su mesa y desde allí era
saludado por cuidadores y prominentes amigos. Al llegar
el paseo preliminar de la 5a. carrera -el Clásico
Vicente Casares sobre 2.500 mts- don Angel se puso de pié
y al pasar La Ñata, montada por Francisco Arcuri
-a quien llamaban Pancho Galera- les dijo mirándolos
fijo y con seriedad imperturbable:
-Ahí
tienen la fija de la tarde. Esa es, y a su mandil van los
100 ganadores prometidos y que después de la carrera
serán billetes contantes para ustedes.
Gardel
y Pepe, bajaron volando como plumas la escalera de la tribuna,
y vaciando billetera, se apilaron con 100 ganadores de su
peculio, volviendo de inmediato hasta donde su benefactor
para presenciar junto a él el desarrollo de aquella
tan importante prueba para sus intereses.
Se
alzaron las cintas y Aventurero tomaba el comando, seguido
de cerca por el gran favorito Smasher, mientras Arcuri dejaba
en el fondo -completamente desarmada a La Ñata-,
esperanza viva de nuestros cantores. Al llegar al codo,
se vio como Pancho Galera arrimaba visiblemente a su piloteada,
y con enérgico impulso la sacó al medio de
la pista armándola en una larga y furibunda atropellada
sobre las posiciones de ambos punteros que no cejaban en
su esfuerzo. Al pisar los 200 finales Arcuri castigó
dos veces y allí quedó definido el pleito:
La Ñata 1a. a $12.80 por boleto, en 2'35" clavados.Nuestros
"patos" cantores embolsaron $ 1.280.- pero ahí
no paró la fiesta.Era su día o mejor dicho
su tarde de gloria. Al regresar Carlos a la tribuna luego
de cobrar, se le acerca el amigo que lo había guiado
hasta la fiesta de don Angel, y en tono confidencial, le
acusó por lo bajo: "Mirá Carlos, Arcuri
me confesó que piensa ganar con Packoy, este Clásico
Raúl Chevalier, que se corre ahora -la 6a. carrera-
y después de la faena que se rayó con La Ñatita,
da como para creerle" A lo que Carlos replicó:
-Pero
ché... ¿y como hace para ganarle a Grey Eyes
con la muñeca de Mingo?
-Mirá
no sé como hará, pero que la sabe la sabe,
y estoy seguro que hoy es su día y gana otra vez.
Gracias a su muñeca cobraste grande, y si sos de
ley debes seguirlo y luego veremos...
-Sí,
tenés razón. Andá José, jugale
a Packoy 250 ganadores. De pronto es hoy nuestro día...
Y
allá fué Razzano, cambiando un billete flamante
y fresquito de $ 500.- por un vale color celeste que indicaba
el No. de Packoy. (Que luego ganaría el G.P. Nacional
de ese año).
Las
tribunas vibraban: Mingo en Grey Eyes - el alazán
del Unzué - rival del zaino que montaba Arcuri del
Jorge de Atucha. Con largada a favor, Mingo no quiso saber
de remilgos y tomó la vanguardia, mientras Packoy
se ubicaba 3º para correr esos 1.200 mts. Velozmente
tomaron la curva, y mientras Mingo esperaba con su sapiencia
para pedirle el último esfuerzo al suyo, Pancho Galera,
-iluminado como nunca- se filtraba junto a la empalizada,
embalando sin retaceo a Packoy que respondía con
creces a la exigencia. Mingo muñequeaba desesperadamente,
al ver que el rival le tomaba el pescuezo de ventaja, pero
su estilo magistral lo mostraba grande como siempre, pero
... derrotado esta vez por la eficacia de Arcuri. Y al final:
1º Packoy a $ 21.70 por barba y el dúo embolsando
$ 5.425.- a su grossa cuenta de esa tarde primorosa.
Pero
aún quedaba algo para agregar a racha tan próspera,
y es que "Tapón" Fernández, tenía
en la 8ª y última de la tarde a Insanía,
con la cual sin disimulo ni reserva alguna, decía
a todos culminaba el doblete iniciado con La Ñata.
Como evitar entonces que Gardel le "soplara" a
José:
-José,
esta no es nada fija pero tenemos resto... Jugale 300 boletos
con la de ellos... Dicen que no hay 2 sin 3.. y a lo mejor,
redondeamos la torta.
Y
vino. Insanía, una modesta yegua sin mucho destaque,
ganó bien y sin susto a $ 7.20. Otra vez a cobrar
y sin mas salto, 9 fragatas rosadas en el bolso. Gardel,
con su prosapia callejera, le propuso a Razzano:
-Bueno,
José, yo conduje el escolaso, ahora te toca a vos.
Organiza la farra. Proa al centro, que la noche porteña
es de estos dos torencas... ¡Y Arcuri es nuestro invitado!