EL
PREMIO JOCKEY CLUB
"El
premio Jockey Club, jugado el viernes de la semana anterior,
día de la Natividad de Nuestra Señora, tenía
un doble significado sportivo y social: era la primer carrera
de la temporada, y empezaba con ella el tanteo de los paladines
del año, era el bitter hípico para el Premio
de Honor, que la sigue siempre, y era la primera fiesta
al aire libre en que las mujeres hermosas, las damas del
alto mundo bonaerense, iban a presentar los primores iniciales
de las modas de primavera.
La
mujer, ave de la vida, sonrisa de la naturaleza, según
la delicada adulación del amoroso Michelet, cambia
de plumaje con el tiempo benigno, deja los tonos grises,
las pieles autocráticas, los opulentos y graves terciopelos,
que ejecutan en sus tonos bajos, suaves sonatas a la sordina,
y se viste de rosa, de esperanza, de esmeralda, de turquesa,
de aurorar, toda blanca, de gloria, toda roja, toda azul.
Las
sedas leves, los tules, esos duendes de las telas, los tisús
reales, envuelven dócilmente los triunfantes cuerpos
femeninos, dejando a retaguardia la idea incómoda
de la riqueza, para poner en relieve la expresión
seductora de la gracia.
En
la primavera, como en ninguna otra estación, se echa
de menos a la mujer en las reuniones sociales.
Los
hombres, en esta época, en cuanto no ven mujer en
el horizonte, bostezan y se van.
Y es por lo que ellas brillan en estos meses, y son excepcionalmente
gratas al corazón, cuando la temperatura se entibia,
y el amor, como un soplo fecundo, corre acariciando la vida
y atavía con galas nupciales a la naturaleza.
Como
en el segundo día, que ya queda reseñado,
no desbordó la concurrencia femenina en el palco
del Hipódromo.
Poco, pero de primera agua.
Las
modas nuevas, las últimas cavilaciones artísticas
de los grandes maestros de la elegancia, exhibían
sus 'echantillons' sugestivos, saturados de una casta seducción.
Muchas
caras alegres, con la esperanza del dividendo, la nota ardiente
de las sombrillas rojas coqueteando con el sol, fotógrafos
apuntando el mundo con su inquietante objetivo, discusiones
luminosas complicando el problema de la gran carrera, en
los ojos el brillo de las intensas expectativas, en el paddock
peritos boquiabiertos, pasmándose ante los espléndidos
caballos que momentos después se lanzarían
a la violenta prueba, apreturas en las ventanillas del sport,
un día meridional, plantas, flores, verde apetecible
a los ojos por todas partes.
Esas eran las salientes del cuadro.
Diez
potrillitos formaron en la partida.
De allí debía salir el futuro candidato para
las grandes carreras del año.
El lote resplandecía.
Etolo,
Caprichoso, Caramelo, Víbora, Dictador, estaban como
bronces.
Dictador,
el favorito, deslumbraba.
Hubo éxtasis ante su arrogancia, y su tranco marcial
y ganoso de campo, todo su empque de potrillo engreído,
consciente del prestigio de sus patas, sugería presagios
y determinada un verdadero saqueo de la boletería.
La mitad de los boletos se vendieron a su nombre.
Entre
tanto, Valero, modesto, aunque hermoso y firme, se hacía
el mosca muerta sin descollar en el lote.
Recién
cuando empezaron las partidas, empezó a asomar la
oreja, arrancando con tal empuje, que hasta del freno se
olvidaba.
Y desde los doscientos metros, en que el corredor de Valero
lo tendió ligeramente y tomó la punta, fue
indiscutible su triunfo.
Al
dar vuelta al último recodo de la pista, el potrillo
se destacaba, crecía, a pesar de las esperanzas angustiosas
que el público cifraba en la atropellada final del
favorito.
En
las tribunas, un silencio pesado suspendía las respiraciones.
Las caras se estiraban.
Frente
al paddock, Cardoso castigó a Dictador, pidiéndole
el famoso salto de la llegada, pero el potrillo, en vez
de extenderse, aflojó, con ese lamentable derrengamiento
de los caballos que se sienten vencidos.
Y
el triunfo de Valero, legítimo y neto, en una vigorosa
trenzada a látigo contra Caramelo, dejó el
tendal de catedráticos, mientras el cacareado favorito,
que había sido más flojo que tabaco blanco,
salvaba penosamente los honores del placé.
EN
HURLINGHAM
En
Hurlingham, una serie de interesantes carreras de petizos,
jugadas el mismo día del premio Jockey Club, dieron
lugar a una linda y animada reunión.
Hubo dos o tres caídas, pero como los caballos son
chiquitos, los golpes fueron más bien amenos que
dolorosos.
Uno
de los premios, que consistía en una rica pulsera,
quedó en poder de la señora de Lambruschini;
y el de la cuarta carrera, que era una gran copa de plata
y 1.500 pesos, fue ganado por el señor F.M. Barry,
cuyo caballo, Speculation, ganó en buena forma a
Vengador, su más temible adversario.
Con
este conjunto de fiestas sportivas ha quedado inaugurado,
con bastante brillo, el período hípico de
primavera.
Pero, sobre todo, ha quedado inaugurada, permítasenos
la briosa licencia poética de la frase, la mujer
de Primavera, que es otra cosa que la mujer de Invierno
y la mujer de media estación y la mujer de Otoño.
Esta
no es fruto, ni es témpano: es la mujer más
netamente flor.
Y
este año se ha alejado de sí misma lo más
posible, con la grácil y severa envolutra que le
ha dado la moda, una moda de simplicidad excesiva, cuya
elegancia mayor consiste en el corte, religiosamente tentador,
que parece adherirse al cuerpo que viste, a la vez defendido
y delatado por aquella amorosa revelación de la estatua
viva, seguida en sus gracias rítmicas, detallada
casi musicalmente en todo el esplendor de la triunfal armonía
del cuerpo femenino por aquella larga caricia de tela, que
lo busca y explora, se le amolda y ajusta desde el cuello,
graciosamente rígido, y en descenso 'staccatto' baja
escorzando morbideces y sigue, en un prurito insistente
de milagrosas revelaciones hasta donde no había sabido
llegar la moda femenina en sus coqueterías más
bizarras y audaces."