SEDA
Y MANISES
«TOMA,
che viejo, este casalito» — dice ella á
su esposo, ofreciéndole una vaina dé manís
que contiene dos granos.
Los
manises, las galletitas Bagley, el dulce de membrillo y
otras frugalidades de confituría barata, constituyen
el alimento cotidiano de este matrimonio joven, perezoso,
linfático, aplanado por ia inercia y en completa
penuria espiritual.
Nútrense
de brillantes reflejos exteriores, fascinados por los brillos
de figuración. Sostienen una vida de boato artificioso,
esclavizados 4 los relumbres de un viso social que no pueden
mantener ni aún sacrificando el plato á la
seda y al charol. No hacerse notorios es para ellos como
hallarse enterrados en vida.
Sufren
el insano delirio de la omnipresencia social. Consúmeles
el anhelo de resonancia pueril, viviendo fuera de ellos
mismos, sin comunión íntima, salidos de su
centro económico y haciendo brillar su pobreza, de
seda ataviada, á costa de mil penalidades y privaciones
estomáticas.
Oblígales
á tan penosos sacrificios el prestigio histórico
de sus apellidos, pues ambos son representantes de la decadente
aristocracia patricia, apabullada hoy, en las esferas del
viso, por la «aristocracia estancieril» símbolo
del progreso vivo.
La
esposa, Casilda, es una bella morena de antiguo abolengo
criollo, cuyos ascendientes inmediatos constituyeron toda
una dinastía de bravos coroneles revolucionarios,
florecientes en los aciagos periodos de una política
inculta y agresiva. En organizar revoluciones y contrarrevoluciones,
asonadas y motines, consumieron su patrimonio
territorial cuando la pampa, fecundada por el sudor de las
inmigraciones, se valorizaba como si contuviera en su seno
oro espolvoreado.
El
último coronel, padre de Casilda, ha llegado á
la vejez con el cuero hecho una criba y viendo las tierras
de sus antepasados, hoy florecientes estancias, en poder
de sobrios y fuertes inmigrantes, cuyas descendencias femeniles,
emblemas de la hermosura física, frescas rosas
de talamos internacionales, y europeizadas exteriormente
por el
genio lenderil de Worth, brillan en salones y paseos.
Arturo,
el esposo, procede de una estirpe de sabios legisladores
tucumanos, iniciadores
de la nación constitucional.
Se
ha quedado, como Casilda, en un ser insignificante y pobre,
su apellido en la historia y su persona en oscuro aislamiento.
No
tiene carrera, ni oficio, ni bríos para el trabajo,
lo cual no le impide ser el resumen de todas las soberbias.
El talento vigoroso de sus antepasados ha ido degenerando
hasta anularse en su cabeza de tilingo, símbolo de
la vacuidad, aunque hinchada de orgullo inocente por la
errónea suposición de lo mucho que su personalidad
vale como reflejo muerto de lo que valieron los abuelos
de sus abuelos. Reviste su nulidad propia con su apellido,
ilustre para los que supieron ilustrarle, ridículo
para él, que no sabe ostentarlo más que en
los pasos de cotillón y en los saltitos de tero del
pas de quatre. Ni siquiera ha sabido, como otros muchos,
rebajarlo de la dignidad de la historia á la legión
de concusionarios que pululan en la política contemporánea,
Es
tan nulo y tan vano, que se le puede aplicar la frase de
Max Nordau: « uno
de esos animales á los cuales se han sustraído
los hemisferios cerebrales para hacer una experiencia científica,
y que, sin embargo, continúan viviendo con ayuda
de los centros vegetativos». Y hasta los centros vegetativos
son insignificantes, puesto que sólo se nutren de
manises.
El
Estado, complaciente nodriza para los muchos Arturos que
por ahí andan, se ha encargado de recoger al nuestro,
encasillándole en calidad de parásito en la
Administración, asilo indirecto y alfalfar de los
matungos inútiles para las fecundas luchas humanas.
El
sueldo apenas alcanza para los manises y las cintas de Casilda.
Se casaron en pésimas condiciones económicas,
debiendo hasta las almohadas en que hablan de soñar
sus cabezas en los plenilunios de la miel. La intranquilidad
natural á todo deudor, la aplaca Arturo en su espíritu
con una filosofía que seguramente no es peripatética,
ni krausista ni hegeliana, pero si muy original.
Traduce
la hospitalidad del país al extrhnjero en un tributo
que deben pagar á su persona, a su ornato y á
su estómago, los mercaderes extendidos en todas las
esquinas de Buenos Aires. Ante el aluvión de acreedores,
define su filosofía en esta expresiva tóimula;
«que se joroben esos gringos y esos gallegos; para
eso han venido á esca tierra». Justamente...
para eso.
Al
casarse echaron un lujo inusitado en todo aquello que había
de verse, consolados con recrear la vista de las visitas
y esforzándose para que en las mentes de éstas
se representasen ricos, mientras en el centro verdadero
del hogar, donde ha de sentirse el amable calor de la vida,
impera la pobreza en medio de los fríos brillos de
una ficticia fastuosidad. En la sala, sillas de palisandro,
cortinajes lujosos; gran aparador en el comedor, y Iras
de la vajilla de cristal, oculta en un rincón, la
mísera realidad en forma de una taza desportillada
llena de manises.
Todo
cuanto, disfrazado en honorarios, le regala á Arturito
la hacienda pública, lo gasta el matrimonio en ataviarse.
Están abonados á butaca en la ópera,
y ultimamente en el Odeón, a donde iban, no tanto
por ver á tan notables artistas como por contemplar
á los señores marqueses y oír aquellos
empingorotados conceptos de la comedia clásica, cuyos
personajes, blindada de hierro la debilidad de sus pechos,
arrojan su soberbia principesca en rimados borbotones calderonianos.
Casilda,
salido su espíritu del quicio de la realidad, llega
á identificarse con la Estrella de Sevilla, casi
una reina de barrio, mientras Arturo siente en su pecho
el estrepitoso romanticismo caballeresco de Sancho Ortiz
de las Roelas.
Hay
locuras que de un golpe de imaginación convierten
un tabique en luna biselada. El epilogo positivo de estos
ilusos trasportes, es para este matrimonio la taza de los
manises.
De
regreso en su casa, pasada media noche, después de
haber acudido á los brillos fascinantes, como mariposas
nocturnas á la luz de las lámparas, ambos
esposos se consuelan de su penuria real con la satisfacción
de haber brillado aunque mas no sea que en los bordes del
foco; llénales de orgullo el haber sido vistos, el
estar en la lista de la elegancia y del buen tono, soñando
Casilda con el adjetivo que a la mañana siguiente
aplicarán á su belleza los cursis estilistas
de la crónica social.
En
esto pensando, tiende los manises en la falda, en la de
abajo, que desdice mucho de la de arriba; Arturito se pone
en frente, y hechizado ante aquel prodigio de mujer á
la moda, va aceptando, en forma de casalitos de manís,
las delicadas galanterías de su esposa. A las dos
de la mañana, fatigadas las mandíbulas, están
todavía empeñados con la frugalidad de aquella
cena que acredita el estoicismo de sus estómagos.
Ni una palabra sobre la realidad de su vida; ambos la distrazan
sin acuerdo común, levantándose en alas de
la imaginación del fondo efectivo de su existencia.
Toda su conversación versa sobre el brillo del espectáculo,
de cuya fastuosidad sienten aún el mareo; sobre la
belleza de las de Petrucheli de la Catina y las de Berrueta
de Aldamar, niñas potentadas, ayer apellidos del
pauperismo europeo, hoy representantes de la dinastía
capitalista, en auge por el progreso del saladero y de la
estancia.
Nuestra
democracia, muy amiga del buen sonar, ve con buenos ojos
que los hijos de los humildísimos Petrucheli y Berrueta
se hayan agregado, á guisa de colgajo aristocrático,
lo de Aldamar y de la Catina.
Algunas
veces, al sentir Arturo el contacto ineludible de la realidad,
llega á pensar que las descendencias de la aristocracia
patricia, si no han heredado el talento ó el brío
militar de sus ascendientes, no les queda otro recurso para
florecer que el entroncamiento con las descendencias de
la inmigración opulenta. Y sin poder evitarlo piensa
en lo bien que hubiera sostenido el brillo de su apellido
una de las
hijas de Berrueta de Aldamar, mientras Casilda, por su parte,
siente haber sido tan
intransigente con el origen gringo del primogénito
de D. Giovanni Petrucheli de la Calina.
Casilda
da reuniones con acompañamientos de tés. Si
la conversación
versa sobre delicadezas bucólicas, Casilda asegura
que en ostras y trufas gastan un platal.
Si
la charla recae sobre trajes, sostiene que Worth no trabaja
más que para ella.
En
materia de coches gasta berlina.
El
año que viene irán á la Exposición
de París, y Arturito está empeñado
en que han de ocupar
todos los camarotes de la popa del buque.
Cuando
se van las visitas y siente Casilda el fantasioso trote
de los rusos, las lágrimas asoman á sus ojos
morenos, se le oprime el corazón y el alma se le
anega en nieblas negras.
Felizmente
no ofrece la pobre señora indicios de sucesión,
lo cual debe alegrar á los sociólogos que
viven preocupados por que no sea cacahuetesco el porvenir
de nuestra r a za
definitiva.
F.
GRANDMONTAGNE.
Caras
y Caretas del 16 de septiembre de 1899