"Seamos
por un momento la historia (siquiera la historia elemental
y sumaria de los hechos y las fechas), ya que el acontecimiento
artístico-teatral de la semana se presenta a la crónica
con ribetes de caso histórico.
En
la noche del 2 de junio subió a la escena del Coliseo,
de Buenos Aires, la ópera en tres actos del maestro
Pietro Mascagni, «Isabeau», con tanta espectativa
aguardada por el mundo musical.
Dirigió
la orquesta el glorioso autor, e interpretaron lso dos principales
papeles la soprano María Farneti (Isabeau) y el tenor
Saludas (Folco).
Ensordecedores
aplausos, verdaderas ovaciones pocas veces tan unánimes,
testimoniaron al autor de «Cavalleria Rusticana»
y de «Iris» el homenaje de un público
enorme que miraba en la presencia del celebrado músico
y en la representación de su obra, aun no revelada
a ningún auditorio, un suceso de excepcional importancia
en los anales artísticos de la capital sudamericana.
La
obra quizás no convenció a todos con esa universal
fuerza impositiva de la creación estética
lograda en toda su plenitud de hallazgo genial.
La
sensación de belleza, de gran elocuencia dramático-musical,
no se afirmó en el público: la impresión
causada por «Isabeau» se acusó con vaguedad
de orientación incierta que sorprendió a espíritus
ganosos de aclamar la obra maestra; pero el músico
tuvo un triunfo de homenaje memorable.
Fueron
especialmente aplaudidas las frases del manto, que la Farneti
cantó con gran intensidad de sentimiento, y el interludio,
que mereció los honores de una repetición
triunfal.
El maestro fue llamado ocho y diez veces a la escena al
fina de todos los actos.
Esto
no es, evidentemente, una página de Tácito;
pero recuerda una de esa páginas de Clement en que
se registrara los datos del estreno de Roberto el Diablo;
Aída, Fausto o Tannhauser, los grandes acontecimientos
de un gran pasado musical, que hasta ahora fueron privilegio
de la Europa.
Y
esta sola asociación de ideas califica como muy pertinente
la actitud unánime del público en la noche
del estreno de Isabeau.
Por
lo demás, Isabeau es una obra importante y digna,
por muchos conceptos y circunstancias del interés
que despertara y mantiene aun en el mundo musical.
Es
la obra de un maestro ilustre que ha puesto en ella cuanto
la madurez de su espíritu y de su ciencia han llegado
a poder: es una obra de concepto y de arte razonado y serio.
Pero
el público esperaba la generosa exhuberancia lírica
que en abundante raudal reveló como privilegio del
temperamento aquella Cavalleria Rusticana que es siempre
para el público la obra de Mascagni.
Y
en Isabeau no hay esto: hay, sobre todo, ciencia y concepto
estético.
No fluye la cálida sangre de la opulenta vena lírica.
Aquello es una construcción, no un raudal; por lo
mismo que está muy pensada, muy trabajada, muy planeada,
la música dice mucho menos que la que tiene adentro:
la férvida o entusiasta elocuencia de la espontaneidad
pasional está sustituída por el lenguaje mental
en la música: el mismo intermezzo descriptivo del
segundo acto, que el público quiso oir de nuevo y
que fue objeto de aclamaciones, es más un discurso
musical que una inspiración expresiva; podría
decirse mejor que es un concierto y en toda la obra el laborioso
comentario orquestal predomina muy sensiblemente sobre la
expresión dramática.
Además
del estreno, por muchas causas descollante, de que acabamos
de ocuparnos, se han realizado en los últimos días,
en distintos teatros, varios otros que han marcado una actividad
extraordinaria en nuestros escenarios.
En
el teatro de la Avenida la compañía de Tallaví
nos hizo conocer la comedia Como La Hiedra, original del
doctor Camilo Muniagurria, autor que había obtenido
antes un buen éxito con Los Herederos.
La
nueva obra está hecha sobre la base de una trama
no exenta de interés, pero no ha estado el autor
muy afortunado en el estudio de los tipos y del ambiente
en que se desenvuelven.
El
público tuvo aplausos para el autor, del cual pueden
esperarse producciones mejores, y para los artistas del
excelente conjunto que capitanea Tallaví, que demostraron
haber estudiado con cariño la primera obra de autor
nacional que han puesto en escena.
En
el Apolo el estreno fue de obra de don Martín Coronado,
el autor favorito de aquel teatro y fuera del ambiente teatral
por su larga y meritoria labor literaria.
El
Hombre de la Casa se titula la obra, a la cual la crítica
puede señalar muchos defectos, pero que el público
recibió con franco aplauso, al cual no era ajeno,
seguramente, la simpatía que le merece el autor de
La Piedra del Escándalo.
La
novedad ofrecida por la compañía Villagómez
en el Buenos Aires fue el drama de Ibsen Juan Gabriel Borkmann
y Borrás en el Victoria, a falta de estreno, exhumó
el viejo drama La Campana de la Almudaina, que vino a agregarse
a la curiosa lista de obras que aquel buen actor, por culpa
de su deficiente compañía, tiene que representar
para atraer público y que comprende desde EL Místico
a La Carcajada y desde La Dolores a En Flandes se ha Puesto
el Sol.
En
el Nuevo, que tan mal se ha iniciado, pues en su breve historia
registra el fracaso de dos compañías, las
únicas que han actuado en él, se ha estrenado
una tercera, la de Sichel, cuyo repertorio se compone de
obras en que predomina el tinte verde.
Hacemos mención de esto para evitar posibles errores
que resultan tan desagradables."
Caras
y Caretas del 10 de junio de 1911