ROMERIAS
ESPAÑOLAS
SEPTIEMBRE DE 1899
Todos
los años se rememora á la patria distante,
por los españoles que aquí luchan honradamente
por la fortuna y por la vida.
No se recuerda año de tanta animación en las
fiestas de la romería, de tanta gente congregada,
de tanta vida bulliciosa, de tanto regocijo como en este
año.
Se
diría que la expansiva alma española, dolorosamente
replegada en la honda pena patriótica de recientes
infortunios, aprovechaba este alto, esta tregua propicia,
esta buena hora de fiesta, para revivir la vida primitiva
y pintoresca de la tierra nativa, para saborear otra vez
el regalado dejo de los recuerdos regionales, tan caros
al alma del que vive alejado del terruño. La Asociación
Española de Socorros Mutuos, organizadora de las
romerías, cumple de una manera amplia y altruista,
su filantrópico cometido, no limitándolo á
procurar á sus connacionales la salud del cuerpo,
sino dándoles anualmente una oportunidad de esparcir
y oxigenar el espíritu, de conservar el culto de
la tierra lejana, más tiernamente amada cuanto menos
dichosa.
Desde
las primeras horas del jueves, atravesaban las calles, con
rumbo á Palermo, numerosos carruajes y próvidos
carros de amplio desplazamiento, copiosamente cargados de
gentes bulliciosas, que se arracimaban haciendo crujir los
elásticos, y dando al aire canciones de poderosas
voces masculinas y alboradas de gaitas, en cuyo fuelle parece
lamentarse musicalmente la taciturna alma gallega, presa
de incurable morriña, con quejidos largos y penetrantes,
que gustan y hacen llorar, saturados de una ruda y melancólica
poesía montañesa.
Los
bosques, trajeados de verde nuevo, también, como
ataviados para la fiesta, ofrecían á la alegre
romería sus discreciones y sus abrigos, sus vericuetos
y sus claros umbríos, por donde todavía, con
las mañanas frescas, es grato ver filtrar los rayos
del sol. El sol colaboraba en el regocijo, con un día
dorado y reidor, que daba tonos llameantes á los
tintes vivos de los mantones, pañuelos de yerbas,
refajos, gorras, barretinas y demás atavíos
pintorescos que la indumuntaria provinciana prodiga, sobre
la gama central de ios colores fuertes, rojo y amarillo,
como los miles de banderas que al ligero viento ondeaban
— azul eléctrico, verde, con el verdor cantante
de la floresta palermitana, en el claro día de primavera.
Los
festejos tuvieron piadoso comienzo con una misa solemne,
oficiada en la iglesia del Pilar, en cuyo altar mayor resplandecía,
gloriosa y sacra, la Virgen dé la Concepción,
sacada para la ceremonia de su retiro en la capilla del
panteón social, donde está todo el año,
y de donde sale únicamente á presidir las
solemnidades religiosas de la Asociación.
Terminada
la misa, volvió la virgencita á su capilla,
llevada en numerosa procesión, cantando cánticos
piadosos el Orfeón Gallego Primitivo y el Orfeón
Asturiano, que con sus banderas y orquestas daban
colorido exótico al bello acto católico. El
frente y el campanario de la iglesia desplegaban al viento
centenares de banderas de todas las naciones, que armonizaban
fraternalmente en la doble comunión de la misa, del
acto religioso y de la fiesta.
Concluida
la parte religiosa del programa, la comitiva oficial se
puso en marcha hacia Palermo.
Palermo hervía ya en animación cuando llegaron
allí los miembros de la comisión directiva
de la Asociación.
Los convoyes del Central Argentino, que había organizado
un servicio extraordinario, llegaban cada cinco minutos,
desbordando, sin dar abasto al creciente gentío que
quería formar en la romería, y que en la estación
hacía cola para lograr un sitio. Y esto no era más
que una parte, porque en el camino de la Recoleta pululaban
los vehículos de toda especie, acarreando romeros
y curiosos, gente de toda clase social, humildes y encopetados,
españoles de todas las provincias y criollos aficionados
á terciar en toda ocasión que brinda la vida
alegre.
Familias
argentinas iban en cantidad á gozar á la vez
el buen sol y el hermoso espectáculo de todo un pueblo
de fiesta.
Porque
había un pueblo, sin exageración, entre aquellos
rumorosos arbolados, había 50.000 almas cruzando
y recruzando, subiendo y bajando en encontradas corrientes,
por calles y encrucijadas,
entre los centena res de tiendas y carpas, de grupos de
cantadores y de corros de baile, que en ayunas no más,
como para preparar el apetito, se formaban sobre el césped,
A
pleno sol, echando al medio parejas bizarras que ondeaban
cadenciosamente los brazos en jarras, preludiando el delirio
coreográfico de la tarde, en la que todo el mundo,
casi sin excepción, quien por devoción, quien
por broma, entró al ardiente corro, entre un desgranamiento
multisonoro de jotas y rondallas, zortzicos y muñeiras,
acompañado por cantos y palmoteos excitantes, y coreado
todo por el clocleteo picante de las castañuelas,
que convida á zapatear y alza en vilo los cuerpos
serpentinos de las ágiles y garridas bailadoras.
Entre
el mar de tiendas caprichosas y de carpas, teatro de un
comercio activo de cosas sustanciosas, de platos fuertes,
á base de pimiento y de bebidas confortantes para
la energía nerviosa, derrochada alegremente por todos
los poros, destacaban la carpa de la Asociación,
que era la primera, la de La Lata, sociedad de hombres de
buen humor y excelente apetito, la del Centre Cátala,
del Orfeón Gallego Primitivo, del Centro Navarro,
del Orfeón Gallego y de la sociedad Méndez
Núñez.
Estas sociedades puede decirse que fueron el alma de la
brillante romería, llenando los hermosos bosques,
como nunca poblados y sonoros, con los cantos y músicas
de sus coros y orquestas.
Reiterada
y de sol á sol, sin que se notase en el ánimo
ni en el cuerpo de los danzantes y regocijados romeros hartura
ni cansancio, la romería se prolongó vibrante
hasta el fin de animación y fiebre en un colosal
entrevero de gentes, en una saturación enorme de
sensaciones gratas.
Caras
y Caretas del 16 de septiembre de 1899