UNA
EROTICA ARGENTINA
Esa carne de las sirvientas
En
la América colonial, las cautivas fueron el arcano
del deseo. Luego las criadas posarían para cuadros
secretos, que desafiaron el canon europeo.
Por Laura Malosetti
Costa, Sábado 2 de noviembre de 2002
En el
arte argentino hay una escasa tradición erótica. Sin embargo,
uno de los mitos fundantes y más perdurables en la tradición
nacional es una escena central de la imaginería erótica
del mundo grecolatino: el rapto.
El deseo
del varón bárbaro, semidesnudo y salvaje, por el cuerpo
de la mujer blanca estuvo presente en los primeros mitos
y relatos de la conquista americana. Lucía Miranda fue el
objeto de deseo del cacique Siripo en la crónica de Ruy
Díaz de Guzmán. Ella fue la protagonista de las primeras
obras de teatro en Buenos Aires. Lucía era una heroína locuaz.
Nos llegaron sus palabras pero no su imagen —efímera—
representada una y otra vez en las tablas porteñas.
Le siguió María, la heroína romántica del poema de Esteban
Echeverría, y tras ella las cautivas anónimas del desierto
se multiplicaron en libros y diarios, en crónicas y leyendas.
La suya repetía un relato de deseo y violencia, imagen mítica
que crecía y sostenía su eficacia al calor de las guerras.
Las imágenes visuales vinieron de la mano de pintores europeos,
educados en la frecuentación de raptos clásicos —Helena
de Troya, las Sabinas romanas, las hijas de Leucipo, Proserpina
y otras—, pintadas y esculpidas desde el Renacimiento
por quienes supieron sacar partido del asunto para presentar
cuerpos femeninos y masculinos trabados en una lucha eterna
sin palabras, rica en gestos elocuentes de deseo y terror
contrapuestos: Tiziano, Giambologna, Rubens, Delacroix.
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Prilidiano
Pueyrredón. El baño. 1865.
Oleo 101 x 126 cms.
Dueño
de una personalidad fuera de lo comun y, tambien, de su
epoca, fue el primer pintor de desnudos femeninos en
el Río de la Plata aunque el historiador José María Lozano
Mouján afirma que el propio artista destruyó casi todos
los óleos y dibujos, los cuales, según él, eran muchos...
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Así
Rugendas, Monvoisin, Schubauer, forjaron las primeras imágenes
de las cautivas de la pampa y la Araucanía, esas que llevaban
los guerreros indios sobre sus caballos semisalvajes, blancas
su piel y ropas, siempre luchando por desprenderse del abrazo
de sus raptores. Juan Manuel Blanes y Angel Della Valle
siguieron pintando, hasta el fin del siglo XIX, escenas
de raptos, malones y cautivas en grandes telas que emocionaron,
conmovieron y seguramente despertaron el deseo de muchos
espectadores. Como el cronista del diario Sud-América que
sostuvo —frente a "La vuelta del malón" de Della Valle
en 1892 (hoy en Bellas Artes)—, que si él hubiese
estado en lugar del indio, no una sino dos mujeres así se
habría robado.
La gran tradición del desnudo femenino también ha sido muy
escasa en la pintura argentina. Llegó de la mano de los
jóvenes patricios que viajaron a Europa en la segunda mitad
del siglo XIX y trajeron de París los refinamientos del
ocio de varones ricos. Prilidiano Pueyrredón, el hijo del
director Supremo, pintó al menos dos óleos de desnudos para
los cuales —se dijo— posó su criada, "la Mulata".
También se dijo que la familia destruyó muchos otros, más
lascivos y libertinos que los conservados.
"La
siesta", de 1865, representa dos mujeres en la cama (que
parecen ser la misma modelo en dos poses diferentes) entregadas
a un abandono sensual, representadas con un realismo minucioso
e impactante. Un realismo que podría pensarse inspirado
en la fotografía erótica que circulaba en estereoscopios
y que aumentaban la ilusión óptica de corporeidad de lo
representado.
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Prilidiano
Pueyrredón. La siesta.
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El otro
cuadro muestra a la misma mujer en una bañera, con una expresión
de gozo franco y desenfadado. Fueron imágenes reservadas
a un consumo privado, nunca expuestas públicamente hasta
bien entrado el siglo XX.
Pero
también parece evidente que Prilidiano no las pintó para
contemplarlas en secreto y obtener de ellas un goce solitario.
Así lo sugiere un artículo algo malicioso publicado por
El Correo del Domingo en 1865. Esos cuadros, cuya fama perduró
en la tradición oral de las clases altas de la ciudad, parecen
haber circulado entre un círculo de jóvenes "libertinos",
entre quienes se contarían Nicanor Albarellos y Santiago
Calzadilla. En el retrato que Pueyrredón hizo del autor
de Las beldades de mi tiempo en su propio taller, aparece,
disimulado en el fondo, otro pequeño cuadro en el que pueden
verse dos desnudos femeninos apenas discernibles.
Es muy
probable que Eduardo Schiaffino se refiriera a Calzadilla
cuando escribió, en 1910, que Pueyrredón tenía "entre sus
amigos, uno que se hizo célebre por su sensualidad y la
procacidad de sus bromas" y que el artista "pintó por complacerle
varios desnudos ultralibertinos". El hecho es que mucho
antes de conocerse tales desnudos, se habló y se escribió
sobre las costumbres excéntricas del pintor y su círculo,
de su intimidad con la criada que habría posado, "rarezas"
tanto más atractivas cuanto se referían al hijo de un prócer.
Pero
muchos otros cuadros y esculturas de desnudos circularon
en Buenos Aires desde las últimas décadas del siglo XIX.
Algunos de ellos comprados en Europa por ricos coleccionistas
argentinos, (Aristóbulo del Valle, por ejemplo), otros pintados
en Buenos Aires por artistas europeos que vinieron a instalarse,
como el italiano Ignazio Manzoni.
Muchos
de ellos fueron donados al Museo Nacional de Bellas Artes,
y algunos (pocos) pueden todavía verse expuestos allí: "La
Diana sorprendida" de Lefebvre, la inquietante "Ninfa Sorprendida"
de Manet y algunas obras de Rodin. Otros fueron a dar a
la reserva, ocultos al público, tal vez por ser demasiado
académicos: la "Pandora" de Lefebvre, "Aprés le bain" de
Nel Dumonchel, "Floreal" de Raphael Collin, "La toilette"
de Henri Gervex entre ellos. Imágenes de un erotismo más
o menos encubierto, que respondía a las exigencias del "buen
gusto" y a las reglas también más o menos explícitas que
consagraban ciertos desnudos en el Salón de París.
Los (pocos) desnudos pintados por argentinos y consagrados
como obras maestras contrariaron de un modo u otro esas
reglas. Construyeron un erotismo otro, problemático, diferente.
Pienso
en "El despertar de la criada" de Eduardo Sívori, en "Reposo"
de Eduardo Schiaffino, en la "Venus criolla" de Emilio Centurión.
Ninguno de esos cuerpos responde al canon de belleza y sensualidad
triunfante en los salones europeos. Cada una a su modo,
esas imágenes discutieron aquel canon y plantearon caminos
diferentes a la contemplación erótica, proponiendo al varón
argentino otros cuerpos, quizás más cercanos a su experiencia
cotidiana.
(Laura
Malosetti Costa es autora de Los primeros modernos,
en Fondo de Cultura.)
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"El
despertar de la criada" fue pintado por Eduardo Sívori
en 1887 en Francia.
Desde
que se escucha su nombre es mencionado ya adquiere un caracter
especial.
No
es una mujer burguesa , ni tampoco una diosa griega, sino
pertenece a la clase trabajadora y esto lo puede desmostrar
el cuadro.
Primero , la criada tiene malformaciones en los pies (y juanetes),y
en los senos y segundo,el ambiente en que vive
Donde
ahora hay una vela antes Sívori había puesto
un florero; la mitad de la cara esta en sombras lo que le
otorga un rasgo teatral y evidencia el volumen,entre otras
cosas.
Todavia se recuerda el impacto que causó “Le
lever de la bonne” (El despertar de la criada”)
en la crítica parisina y el eco escandaloso en la Buenos
Aires de la época. |
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¡Cosas
de gringos!
24
de diciembre de 1932
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