| Sobre
la pared, un árbol genealógico dibujado con
pluma y presidido por Juan Martín de Pueyrredon explica
las derivaciones del ilustre apellido. Entre las fotos de
marco ovalado aparecen parientes junto a viejos rpesidentes
sorprendidos en veladas de gala y se reitera una dama sonriente,
pianista del Teatro Colón allá por los años
treinta: "Ahora, mamá vive en el pueblo",
dice Pinocho Viale.
Durante
la cena (un carré de cerdo con puré de manzana
de ésos que nos e consiguen), sobrevuela el nombre
de Antonio Berni. "Hay dos pinturas suyas en el pueblo",
se cuenta al apsar. La visita queda organizada para el día
siguiente. Las dos obras, donadas por el artista a la capilla
del Instituto San Luis Gonzaga, representan el Apocalipsis
y la Crucifixión. De quince metros cuadrados cada
una, las espectaculares telas terminadas en 1981 -año
de la muerte de Berni-, combinan el mensaje evangélico
con la visión social. Una especie de aletazo de ángel
con la potencia de aquel "cross a la mandíbula",
al que se refería Roberto Arlt cuando hablaba de
la creación literaria.
Todo
se explica: Hipólito Pordomingo, el sacerdote que
dirigía la capilla, era amigo íntimo de Berni.
Así llegaron hasta allí las pinturas del más
cotizado de los plásticos argentinos del siglo. "En
Las Heras tenemos de todo" -exageran durante la vuelta
a la estancia-: "el Apocalipsis, la Crucifixión,
y en la Santa Elena, el paraíso".
Nadie
argumenta en contrario. El persuasivo aroma que surge de
la parrilla donde Manuel Viale, el hermano de Pinocho
maneja los hilos del asado, perfuma el mediodía.
Cuando las empanadas y el vino visten la mesa bajo las chapas
de zinc, alguien encarna al personaje de Alterio en "Caballos
Salvajes" y dispara "¡La pucha que vale
la pena estar vivo!". Y después de las achuras,
del vacío y del matambre al roquefort, después
de las frutillas con crema, aterriza la pirandeliana "estómago
lleno, corazón contento".
La
obviedad, a veces, no es excesiva. Tres potrillos pastan
junto a las alambradas y los perros acosan mansamente buscando
caricias. No se trata de otra cosa. Lo único no deseado
es la despedida: porque al final, en algún momento,
hay que irse.
Alejandro
Stilman, Clarín, domingo 7 de noviembre de 1999 |