LA
CONFLICTIVA RELACION ENTRE
EL MATRIMONIO ALVEAR Y MARIA UNZUE
Extractos
de "La Pasión de un Aristócrata - Marcelo
T. de Alvear y Regina Pacini" de Ovidio Lagos
"Ángel
de Alvear -hermano de Marcelo- eligió para casarse
a una de las herederas más ricas del país,
María Unzué, propietaria, entre otras cosas,
de setenta mil hectáreas de la mejor tierra, en el
partido de Rojas, provincia de Buenos Aires. A modo de homenaje
a Francia, en su estancia, San Jacinto, hizo construir un
castillo normando de ochenta habitaciones"
"El
22 de octubre de 1905, una nueva muerte golpearía a
Marcelo: la de su hermano Ángel, que falleció
en París -en el hotel Ritz- después de una larga
enfermedad. Su viuda, María Unzué, una de las
cinco mujeres más ricas de la Argentina, respetó
el testamento de su marido, quien legaba a Marcelo extensas
y valiosas tierras en las puertas de Buenos Aires, en lo que
luego sería la localidad de Don Torcuato. María
Unzué de Alvear no necesitaba acrecentar su fortuna.
Pero tampoco estaba dispuesta a aceptar a una cantante en
la familia: desde el momento en que se anunció el compromiso
matrimonial, se transformó -de por vida- en enemiga
mortal de Regina, a quien nunca recibiría en su casa."
"Por
fin llegó 1907. Habían pasado tres años
y Marcelo anunció su boda, que se realizaría
el 29 de abril de ese año en Lisboa, en la iglesia
de Nuestra Señora de la Encarnación. En Buenos
Aires, estalló el escándalo. Si bien todo el
mundo había estado al tanto de sus intenciones matrimoniales,
nadie hasta entonces creyó que las llevaría
a cabo: su relación con Regina era puramente pasional
y transitoria. Se olvidaría de ella y sólo sería
un personaje más -célebre, claro- de un vasto
anecdotario. Pero al anunciar su casamiento, Marcelo había
ido demasiado lejos.
Las
matronas porteñas cuyas vidas transcurrían en
reuniones de beneficencia, en tés, en aburridas veladas,
dieron por perdidas sus esperanzas de capturarlo para alguna
de sus hijas y, peor aún, lo consideraron una ofensa.
Había roto las reglas. Un caballero no se casaba con
una cantante. Tampoco los señores aristocráticos
vieron con buenos ojos ese desafío: había mujeres
para seducir, y mujeres para llevar al altar.
Así
lo entendió el propio hermano de Marcelo, Carlos Torcuato
de Alvear, también intendente de Buenos Aires, como
su padre, que hizo esfuerzos desesperados para evitar la inminente
boda en Lisboa.
Pero ninguno de los argumentos que utilizó persuadieron
a Marcelo: su decisión estaba tomada, su
palabra dada, y no se echaría atrás."
"Pocos
días antes, en París, un grupo de no más
de cuatro amigos despedía a Marcelo de su vida de soltero.
Había recibido un telegrama de Buenos Aires, firmado
por quinientas personas, pidiéndole que desistiera
de la boda. Tomás Vallé, que estuvo presente
en esa despedida, recordaba antes de fallecer: "Fue doloroso.
Había estado infinitas veces en la casa de Marcelo,
en Cerrito y Juncal,
siempre llena de amigos, el comedor rebosante de gente. Aquella
noche en París, éramos apenas un puñado
de compañeros para despedirlo. El haber recibido ese
telegrama lo había herido de muerte."
Marcelo
no se casaba con Regina por compromiso, ni por capricho. Esa
mujer le había llegado al corazón. No pertenecía
a su clase social y, además, era artista. Pero sabía
reconocer a una señora y a un ser humano profundamente
cristiano, cualidades que ella poseía.
En cuanto a su familia y la gente de Buenos Aires, se podía
dar el lujo de ignorarlos: él era un Alvear. No concebía
la vida sin Regina y así fue hasta su muerte.
A
las nueve de la mañana del 29 de abril de 1907 -hora
en que, según los diarios, se realizaría la
ceremonia- la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación
estaba atestada de gente que pujaba por entrar, por ocupar
un lugar de privilegio.
Claro que ni eran invitados, ni pertenecían a la ancestral
nobleza lusitana: eran curiosos que no querían perderse
el casamiento de la única diva del bel canto que había
dado Portugal.
Adams
Benítez Alvear,que idolatraba a su tío, era
el único miembro presente de la familia del novio,
Ni Carmen ni Carlos Torcuato ni María Unzué
de Alvear habían depuesto la soberbia
Jamás
vinieron tantos príncipes a la Argentina como durante
la presidencia de Alvear. En 1925, el príncipe de Gales
y el maharajá de Kapurthala visitaron el país
y se organizó una inagotable serie de agasajos, del
mismo calibre que los que había recibido Marcelo durante
su gira europea como presidente electo. Gales despreciaba
al maharajá y lamentaba que su visita a la Argentina
coincidiera con la del príncipe hindú. Al canciller,
Ángel Gallardo, le confesó: "A mí
no me puede
ver (Kapurthala) y esta visita la hace para adular al rey,
mi padre".
Además
de los previsibles bailes y banquetes, el heredero de la corona
británica visitó la estancia Huetel. Alvear,
sin duda, quería deslumbrar al príncipe -si
es que la Argentina era capaz de deslumbrar a Gales- y no
quiso que dejara el país sin conocer una estancia.
Llama la atención que en vez de recurrir a su cuñada,
María Unzué de Alvear, que poseía un
castillo normando rodeado de centenares de hectáreas
de parque en Carabelas, partido de Rojas, provincia de Buenos
Aires,
haya optado por la hermana de ésta, Concepción
Unzué de Casares, dueña de Huetel, otro castillo,
esta vez Luis XIII, en el partido de 25 de Mayo. La explicación
habrá que encontrarla en la hostilidad que había
demostrado María Unzué de Alvear por Regina.
Marcelo
casi no tenía relación con las otras ramas de
la familia Alvear, es decir, las de Diego y Emilio. En la
calle Juncal sólo era recibido su sobrino Torcuatito,
hijo de su hermano. También el hijo de éste,
Carlos Torcuato, que había ingresado en aquella época
en el Liceo Militar, carrera que luego abandonó para
entrar en la Fuerza Aérea. El comodoro Carlos Torcuato
de Alvear,
recientemente fallecido, fue observador argentino durante
la guerra de Vietnam y publicó, a mediados de la década
del 60, Vietnam ahora, un memorable estudio sobre el conflicto.
A Carlos Torcuato, su sobrino nieto, solía recibirlo
en su escritorio, donde una escribanía de plata alternaba
con tres retratos: el de su bisabuelo, el almirante Don Diego,
el del general Carlos de Alvear, y el de su otro abuelo, el
general Ángel Pacheco. “Hay que honrar e igualar
a los antepasados -le decía Marcelo a su sobrino-.
Si no, como dicen los ingleses, uno es corno la planta de
papas: lo mejor que tiene está bajo tierra”.
Los Alvear de los palacios de la
Avenida Alvear, en cambio, no tenían relación
con Marcelo, posiblemente por la oposición al casamiento
con Regina. Tampoco Marcelo veía a su cuñada,
María Unzué.
Marcelo
murió el 23 de Marzo de 1942 y al Edificio Estrugamou
seguía llegando gente, a darle el pésame a Regina.
Ese despliegue de cortesía, ese tener que escuchar
y responder, seguramente le ayudó a no pensar en el
inminente futuro. en la innegable realidad de que, a los setenta
y un años, estaba irremediablemente sola.
No
siempre, sin embargo, perdonó a quienes la habían
ofendidoJ María Unzué de Alvear, cuñada
de Marcelo (viuda de Ángel de Alvear), era en Buenos
Aires una suerte de institución: inmensamente rica
-su estancia, San Jacinto, tenía setenta mil hectáreas
de la mejor tierra-, había dedicado su vida a las obras
benéficas.
Su
palacio en la Avenida Alvear, esquina Libertad, era el epicentro,
el non plus ultra de la aristocracia: allí no entraban
personas divorciadas, ni aquellas de vida ligeramente cuestionable.
Era el templo de la elegancia, de la tradición, del
catolicismo. María Unzué de Alvear jamás
recibió a Regina en su casa: el casamiento de Marcelo
con una "cantante" estaba muy por debajo de sus
cánones éticos y sociales.
Pero el tiempo había pasado, Alvear había muerto
y consideró que era hora de acercarse a Regina en otros
términos.
Decidió ir a visitarla al Edificio Estrugamou, a darle
el pésame.
Para Regina, el piso de la calle Juncal no era la Casa Rosada,
donde debió recibir las condolencias hasta de sus propios
enemigos. Era, sin más, su casa. Y decidió no
recibir a María Unzué de Alvear, la primera
matrona porteña, la mujer más rica de la Argentina,
la que aspiraba a un marquesado pontificio por sus obras de
bien. Regina, a esa altura de su vida, no la necesitaba; aún
más: podía darse el lujo de elegir a quién,
de ahora en más, dirigiría la palabra.
"La Pasión de un Aristócrata"
Marcelo T. de Alvear y Regina Pacini, de Ovidio Lagos
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