| "Estamos
en la época del año en que las ansias del espíritu
y las necesidades del organismo, abatido por la canícula,
se refunden como una sola fuerza, y se expanden procurando
los encantos del reposo, las atracciones del paisaje, y el
consuelo de la brisa. Las playas, legendarios refugios de
las gentes adineradas, y, cuando es loreciso, de las que saben
serlo de ocasión, ofrecen el socorro de sus olas siempre
frescas y excitantes.
Las
serranías, como puertos de salud, brindan el halago
de una temperatura discretamente fresca, cuando los infortunados
mortales a quienes la suerte tiene agasajados aquí
abajo, en este valle de la tragicomedia ciudadana, sudan a
mares y piensan en las frescas mañanas que los camaradas
se conceden... allá en los mares...
El
pueblo, mañoso y hcábil cual él mejor
patricio, sabe hallar también sus puntos de veraneo,siquiera
para los días festivos, én las anchas playas
que bordean el Plata de norte a sur.
Quilmes tiene un amplio semicírculo arenoso, coronando
el inquieto estuario. Tras de esa playa, el bosque, ni sombrío
ni resplandeciente. Es un bosque lo suficientemente bello
para constituir el encanto de un paseo. Tiene rinconcitos
misteriosos, cual fragmentos de cuadro.
Las
parejas que transcurren ese período enloquecedor en
que el corazón encuentra bellezas en todo lo que toca
y rodea al ser a quien amamos, tienen allí, bajo la
fronda refrescante y robusta, entre los vericuetos del monte,
los dulcísimos caminitos del ensueño. Senderitos
apenas insinuados entre matas y yerbas, como huellas de una
cadena que se arrastra lejos, muy lejos. . . Por estas pequeñas
rutas, todo les parece bendito y poetico, desde el césped
hasta la traviesa ola que, al perderse en la arena tratando
de invadirla, muere allí mismo, reducida a convertirse
en una
tierna caricia.
Buenos
Aires popular emigra cada día feriado a esas playas
en procura del expandimiento que el taller, la oficina y la
calle arrebatan al espíritu durante la semana. Para
la playa se reservan los chismes humorísticos y las
habilidades coreográficas, que lucirán pisoteando
arena o yerba al compás de algún tango travieso.
Las preocupaciones que dejó el gesto del novio el domingo
anterior, van a resolverse ese día andando a tontas
por los mismos senderos.
Al
llegar, los que alardean de gauchos, buscan el sitio donde
se celebró la otra fiesta, y donde manos hábiles
hicieron el fogón para el primoroso asado.
Coches
que llegan cargados de manojos de muchachas, joviales y frescas.
Automóviles que acarrean gentes algo más graves
porque tienen algo más de dinero. Cabalgatas de enervante
conjunto que penetran al bosque atronando como hordas de paso.
Chiquillos tan vagabundos como pintorescos que se acercan
a pediros algo, y que os sirven para mucho si les dais comida
y unas monedas. Músicos ambulantes cotizando alguna
'tocatta vechia, má, bona...'
Revendedores que ensalzan sus mercaderías a grito vivo
y os aturden... Y, por todas partes, en esta temporada, la
playa de Quilmes se anima, se puebla de carcajadas, gritos
y valses...
Hombres
y mujeres de todas edades participan de esas horas, distintas
a las que se pasan aferrados al trajín de la lucha
por el pan.
En otro tiempo, cuando no era frecuente la concurrencia a
esta playa como punto de recreo, allá íbamos
cada jueves los seminaristas de Bernal, a tomarnos un recreo
que la prudencia del superior otorgaba siempre, a fin de que
nuestro carácter no quedase ensombrecido por la pesadilla
del pupilaje continuo y monótono.
Más
de una cabeza tonsurada hoy, se revolcó en aquellas
arenas, bajo el chapuzón que a descuido de los maestros
les propinaban los compañeros.
Y, ciertamente, pocos años después, al contemplar
este pedazo de tierra en que algunos hombres de hoy hemos
sentido palpitar aspiraciones que nosotros mismos hemos matado,
no he podido contener la emoción.
Se
llora y se ríe ante estos cuadros del suelo de nuestra
infancia, y mayor es el contraste cuanto más se quiere
la vida y mejor se sabe amar lo que ella nos brinda..."
Por
Santiago Fuster Castresoy |